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María José de Simón

Para María José de Simón Casuso la pintura es una extensión de sí misma. Una extensión corporal, mental y espiritual, que afirma día con día su existencia. Es un hábito que la arraiga en el entorno cotidiano y también en los planos superiores de éste –invisibles a la mirada común—, donde habitan la materia y la energía creadas por ella, donde se concretan los indicios gestuales, plásticos, compositivos, cromáticos y formales de una dimensión que suele negociar su condición inefable con las palabras arte y espíritu.
Al situarla en un mapa genealógico, la pintura de esta artista registra reminiscencias de la abstracción lírica-gestual y de otras tendencias asociables a la geometría sensible. No es extraño en su caso, artista española bien curtida en una enseñanza respetuosa del devenir artístico, cuyas búsquedas deben considerarse en sintonía con las de importantes pintores de México y de diversas latitudes, que han reafirmado a este medio en el panorama contemporáneo.
Con herencias románticas y vanguardistas, por lo tanto –y por fortuna—, María José nos sitúa en el flujo y en el pathos de un poderoso impulso lírico que no antepone bocetos ni modelos exteriores. Lírico es el pulso de su inquietante línea, casi siempre nerviosa y vibrante, realizada sobre todo al carbón, con diferentes densidades e intenciones descriptivas. Es activa y protagónica, en el sentido de que no se limita al dibujo de formas que sirvan de soporte a la imagen y al color, sino que tiene su propia presencia y su propio curso en el espacio.
Líricos son también la composición, las formas y el color, provenientes de una intención constructiva pero libre de rigideces y criterios arquitectónicos. Conforman una estructura muy bien compensada, no obstante el riesgo que asume la artista al poner en tensión los elementos del cuadro (lo cual la distancia de la abstracción propiamente moderna), como son los diferentes tamaños de zonas encontradas, los colores no combinados que se oponen y que por ello resaltan, las diversas cualidades en las intervenciones lineales, la desproporción que de pronto puede privar en la composición de un políptico, pensado para disponerse en el espacio externo de múltiples formas cambiantes, planteando en cada caso una nueva obra.
El blanco y el negro son los colores principales de su paleta, casi siempre reducida, y en la que la nota predominante suele darla un color. María José trabaja diferentes gamas, apagadas o de timbres muy vivos, que adquieren un resalte muy particular por la preparación que ella sabe darle a la tela con los materiales acrílicos (un importante secreto en la cocina de su pintura). A ello se debe también las calidades tan especiales que logra con los sombreados y con los acentos de oscuridad que afloran en sus superficies de color. En su paleta son recurrentes los ocres, violetas, rojos, amarillos, grises y azules diversos, en los asombrosos juegos contrastados, reñidos a propósito con la armonía convencional, que afirman una contundencia estética afín con nuestra realidad dialógica.
De impacto estético inmediato, la obra de esta reconocida pintora ha transitado de las combinaciones tonales a otras en las que prevalece el color más plano y puro, arriesgando con ello en el ir dejando atrás una producción sumamente lograda, con miras a ganar en experimentación y fuerza propositiva. Como se aprecia en esta exposición, Entre sombras, el resultado es muy feliz y muy evidente.

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